La Ciudad Real de Las Palmas era entonces la cabeza del “reyno de Canaria”. Se estima que tenía unas 800 casas, correspondientes a unos 3.000 habitantes. Su catedral era la única de Canarias (lo que implicaba que el dinero de los diezmos de todas las islas se administraba desde Las Palmas). También albergaba la Real Audiencia, el tribunal de segunda instancia de Canarias.
La ciudad era, por tanto, muchísimo menor que ahora y ocupaba
sólo los actuales barrios de Vegueta y Triana, que estaban separados
por el río Guiniguada. El puerto se encontraba “a tres millas”,
rodeado de colinas arenosas (de aspecto nada prometedor para la gente de
la época).
En la catedral de Santa Ana se componían y tocaban piezas de música
corales y de órgano y Bartolomé Cairasco de Figueroa, poeta
y músico de renombre, organizaba en su casa tertulias dedicadas
al dios de las artes, Apolo.
La ciudad tenía dos murallas, una al norte y otra al sur y dos
fuertes: Santa Ana y Santa Isabel. El puerto lo protegía el castillo
de la Luz. Estas fortificaciones estaban dedicadas a proteger a la ciudad
de los ataques de piratas y similares, más que de una guerra convencional.
En 1566 estalló la revolución en los Países Bajos
en contra de la opresión y centralismo del reinado de Felipe II.
Francia, Inglaterra y los Países Bajos firmaron el tratado de Greenwich,
por lo que se enfrentaban al rey español. El acontecimiento más
conocido de esta guerra es el desastre de la Armada Invencible, vencida
por los temporales y la habilidad de los marinos ingleses en 1588.
Unos años después, en 1595, una escuadra inglesa con
los almirantes Drake y Hawkins al mando atracó en la bahía
de la Luz, intentando el desembarco para tomar la ciudad. Los isleños
defendieron bravamente a la ciudad y los ingleses tuvieron que retirarse,
una hazaña que se recuerda aún hoy, en la fiesta de La Naval.
El ataque de los ingleses fue probablemente la causa de que a los holandeses,
que atacaron la ciudad dirigidos por el vice-almirante Van der Doez*
en 1599, se les tomara por ingleses.
En febrero de ese año se habían cerrado finalmente los
puertos a los holandeses, prohibiendo así todo comercio con éstos.
La respuesta de Holanda fue la preparar una flota y enviarla a atacar los
puertos y dominios españoles en ultramar. A finales de mayo de 1599
partieron setenta y tres navíos, a la que más tarde se unió
otro gran barco de guerra. Hicieron escala en Plymouth y pasaron
ante las costas de Galicia; después siguieron hacia el sur...
La armada, con unos diez mil hombres, llegó a Gran Canaria el 25
de junio, amaneciendo al día siguiente en la bahía de las
Isletas. Los isleños vieron una columna de humo que salía
de las colinas de La Isleta y comenzaron a prepararse para la defensa.
La estrategia escogida fue la que había logrado vencer a los ingleses:
defender el puerto desde las dunas del estrechamiento de La Isleta, en
las trincheras de Santa Catalina (por la actual playa de las Alcaravaneras).
Los 74 navíos holandeses se habían situado en posición
de combate, con unas 150 lanchas de desembarco preparadas para el ataque.
Esa mañana hubo un intenso cañoneo entre el castillo de la
Luz y los barcos holandeses, varios de los cuales sufrieron grandes daños.
El fuego holandés se concentró en el castillo de la Luz,
lo que intimidó a su alcaide, quien ordenó cesar el ataque
contra el enemigo. Los holandeses pudieron así acercarse más
a tierra y batir la costa con sus cañones.
A media mañana los holandeses subieron a las lanchas e intentaron
tomar tierra en el desembarcadero del puerto, situado a la altura de las
actuales calles de Gran Canaria. Pero los isleños, junto con su
pequeña artillería y lo cañonazos disparados desde
el castillo de la Luz impidieron el desembarco.
Los holandeses volvieron al ataque, cañoneando la costa de nuevo.
Intentaron desembarcar, esta vez en la cala de Santa Catalina (ahora playa
de las Alcaravaneras) que estaba muy bien defendida y de nuevo fracasaron
en el intento. Luego lo intentaron en la misma playa, pero más al
norte; después en el desembarcadero.
Finalmente los holandeses consiguieron desembarcar por una zona de
difícil acceso por mar (entre las actuales calles Luis Morote y
Gomera) y que los canarios, por tanto, no habían preparado para
su defensa. Los isleños corrieron a combatir la invasión
pero no pudieron vencer contra la superioridad numérica de los holandeses.
El gobernador quedó, además, malherido y tuvo que ser substituido
en los combates siguientes.
Los isleños se retiraron hacia la ciudad, preparando su defensa, llamando a todos los hombres disponibles para su defensa y colocando los cañones que habían podido rescatar del puerto. Los ancianos, las mujeres y los niños abandonaron la ciudad y se refugiaron en la Vega (de Santa Brígida) llevándose todo los objetos de valor que pudieran transportar. Al anochecer (el mismo 26 de junio), los holandeses avanzaron hacia Las Palmas. Los cañonazos disparados desde la fortaleza de Santa Ana les obligaron a retroceder, terminando el combate al caer la noche.
Los holandeses continuaron el asedio al día siguiente, domingo 27 de junio. La defensa de Las Palmas se centró en la muralla de Triana, en el torreón de Santa Ana y en el cerro de San Francisco. Los atacantes se atrincheraron, por su parte, en los arenales al norte de la ciudad, trayendo cañones para atacar la muralla de la ciudad.
Al día siguiente, lunes, los holandeses tomaron todos los cañones que pudieron (incluyendo los capturados del castillo de la Luz y los colocaron tras algunos edificios por fuera de la muralla, atacando al cerro de San Francisco y la fortaleza de Santa Ana. Hacia la una de la tarde los isleños tuvieron que abandonar la ciudad y marcharse a la Vega de Santa Brígida.
Los canarios decidieron formar pequeños grupos de milicianos que
molestarían a los holandeses con tácticas guerrilleras. El
martes por la tarde los holandeses enviaron una primera expedición
militar a la Vega, que fracasó sufriendo unas veinte bajas.
Van der Doez amenazó entonces con quemar la ciudad y los campos
de la isla y pasar a cuchillo a todos los canarios; pidiendo un rescate
de 400.000 ducados de oro que los isleños se negaban a pagar.
Pero los canarios tenían noticias de
que la flota de Nueva España, de camino a América, pasaba
cerca por lo que decidieron fingir una negociación del pago del
rescate, distrayendo así a los holandeses. Van der Doez lanzó
un ultimátum: deberían pagar el rescate antes del 2 de julio.Así,
en la mañana del sábado 3 de julio de 1599 unos cuatro mil
soldados holandeses avanzaron hacia la Vega. Hacía calor – era un
día con calima** – y los
canarios había cortado las acequias, por lo que los holandeses no
las llevaban todas consigo.
Grupos de canarios atrajeron a las tropas holandesas hacia el interior
del Monte Lentiscal (entonces un bosque de lentiscos, mocanes y acebuches).
Finalmente los defensores se lanzaron al ataque, dejando ver sus banderas
varias veces y dando largos redoble de tambor, aparentando así un
ejército mayor. Las tropas de la Vega lideraron el ataque, venciendo
por fin a los invasores. Éstos tuvieron grandes bajas, sobre todo
en la aún llamada “Cruz del Inglés”.
Esa tarde los holandeses, de vuelta en Las Palmas, saquearon la ciudad. Al día siguiente prendieron fuego a bastantes edificios, hasta que se vieron obligados a regresar a sus naves. Se estima que en total sufrieron unas 800 bajas. Los canarios que retomaban la ciudad se apresuraron a apagar los fuegos pero en muchos casos era demasiado tarde.
La Armada holandesa permaneció cuatro días más en la bahía de la Luz. Finalmente, en las primeras horas del día 8 de julio abandonaron el puerto. Hicieron una escala técnica en Maspalomas (en la llamada, desde entonces, Playa del Inglés), donde enterraron los últimos muertos. La flota partió entonces hacia el Caribe para atacar a las colonias españolas de la zona. Allí murieron Van der Doez y muchos de los combatientes holandeses.
Más tarde, pero no sé cuando, la villa de Santa Brígida (dónde vivo) adoptó el lema “Por la Patria y por la Fe Vencimos al Holandés”. ¡Holandeses errantes, tiemblen!
* Van de Doez se pronuncia algo así
como “fan der dush” (el sh como si se mandara callar a alguien), según
me dijo un holandés que estuvo un rato riéndose de mi pronunciación
a la española.
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** La calima es un tiempo desagradable
provocado por el siroco, un viento caliente, seco y polvoriento procedente
de África.
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"La Batalla Contra la Gran Armada Holandesa de Van der Doez en 1599", por Alfredo Herrera Piqué, Patronato de Turismo de Gran Canaria.
"Las Islas Canarias después de la Conquista" de Felipe Hernández Armesto, Ediciones del Cabildo Insular de Gran Canaria
“Descripción de las Islas Canarias” de L. Torriani, traducido
por A. Cioranescu. Goya Ediciones, Santa Cruz de Tenerife, 1978